ANATOMÍA DE LA INTIMIDAD literatura y espejos rotos

I should like it to resemble some deep old desk, or capacious hold-all, in which one flings a mass of odds and ends without looking them through. (Virginia Woolf) We become ourselves through others, and the self is a porous thing, not a sealed container (Siri Hustvedt) En vez de mirarme en mi espejo quiero que mi espejo se mire en mí (Alejandra Pizarnik)

Mi hombre

Hacía aproximadamente un año que no lo veía pero ayer, como cogí el metro para ir a la universidad, volví a encontrármelo. Ahí estaba mi hombre. Miré su cara de refilón aprovechando que se estaba acomodando en el único asiento que quedaba libre, al lado del chico latinoamericano del mono azul eléctrico. Su rostro parecía ser el mismo de siempre. ¿Qué esperaba? En doce meses la gente no cambia. ¿Qué era, pues, aquel miedo?

Con las prisas he olvidado mi libro en la mesa del comedor, así que no me queda otra que leer el periódico por el móvil. Me siento extraña leyendo a través de una máquina (soy anticuada), pero me sentiría más extraña todavía sin hacer nada, haciendo “nada”, observando el tiempo y el aire, exponiéndome al encuentro prematuro de una mirada incómoda. Me voy mentalizando.

Leo y no leo. No retengo, no me interesan las noticias, ni Bárcenas, ni la Infanta con I mayúscula ni Messi ni sus millones ni las enfermedades de la gente famosa. Me interesa captar los ojos de esa cara que parece estar en trance y que desaparece bajo una melena cobriza. Creo que no me ha visto y me alegra, así gano tiempo para enfrentarme a la situación. Repaso el hotmail, nunca se sabe quién me ha podido escribir desde ayer noche. Un par de spams, un post interesante del blog de Marías (me encantan sus labios), un mail de La Central (un tal “no sé quién” presenta un libro con un buen título. Ya lo investigaré.) Tiene un pelo bonito, me gusta ese color rojizo. ¡Ah! Me queda el LinkedIn, quizá tenga una oferta de colaboración. Nada interesante.

Estamos ya en Girona. Empieza a llenarse el vagón de jóvenes y viejos en dirección a la playa de la Barceloneta o de la Vila Olímpica. Algún que otro turista y yo, de camino a la facultad. Dos días y ya estamos en agosto. ¡Qué bien! Al detenerse el metro mi hombre parece reaccionar. Sigue sin verme, alza la cabeza, ahí está. ¿Me reconocería? Necesito una excusa para seguir hurgando en el móvil, ahora, justo ahora no puedo enfrentarme a esa cara. ¿El Gmail del trabajo? ¡Sí, buena idea! Ahí tengo más de 100 mails de estudiantes. ¡Qué bien! Me entretengo. El primero es demasiado largo, lo leo después. El segundo “Mil gracias. ¡Nos vemos en septiembre!” Sigo. Este lo borro, aquel también. Respiro. Deja de fingir, ¡venga! Me enfrento a esa cara, a ese rostro que me causa terror y me atrae a la vez. ¿Morbo? Me gusta mirarlo, no voy a mentir, me resulta familiar, entre el hombre elefante, mi vecino el frutero, mi antigua profesora de autoescuela y tal vez alguien más, ¿el jorobado de Notre-dame? Tal vez mi propia cara, la de mi hijo, la de mi hermana. En sus facciones encuentro una familiaridad aterradora que me hace regresar a ellas una y otra vez. Las repaso con atención, ahora puedo: un ojo cerrado para siempre, una nariz casi inexistente, unos labios hinchados, liláceos, un bulto enorme en la frente. Me alejo de él. Hubiera podido ser yo o ella. ¿Soy yo? Ese “hubiera” sobra. En su mirada veo la mía. Me sonrojo, hemos coincidido por primera vez este año. ¿Me habrá reconocido? Ahora soy yo la que mira hacia el suelo. Me avergüenzo por haber mirado su cara, pero lo cierto es que me gusta, no la miro como otros. ¿Cómo sé que lo miran “mal”? Lo mirarán igual que yo, ¿no? No lo sé. Solo sé que yo busco comunicarme con él, en cierta forma hasta lo invito a formar parte de mi vida. Hay algo en su cara, una ternura, que encuentro en mis seres queridos, en los anónimos de las fotografías de mi amigo Mikel. Hay algo en él que me hace apagar el dichoso móvil. ¡Ya basta! Me entrego a él cuando faltan dos paradas para llegar a mi destino, al suyo.

Mi hombre se ha despistado, está mirando al guardia de seguridad que lo observa de forma altiva, con sus porras y su vientre embarazado. A eso me refería yo con mirar “mal”, aunque tampoco lo sé con certeza. Lo que sé es que mi hombre le tiene miedo al uniformado, lo respeta demasiado, lo admira. Me gustaría decirle que no fuera ingenuo, que esa figura rechoncha es de lo más vulgar y superfluo, pero no sabría cómo. La Barceloneta, sigo mirándolo. Él insiste en perderse en el trasero del vigilante. Vila Olímpica, guardo el móvil y me coloco bien las asas de mi bolso nuevo. Le cuesta caminar, estoy tentada a ayudarlo, pero creo que se ofendería. ¿Qué me diría? ¡Qué idiota soy! Su chepa es mayor, me sorprende, tiene la espalda totalmente encorvada, parece que año tras año se va encogiendo. Abro la puerta del vagón con amabilidad, se la abro a él, me la abro a mí. Me siento estúpida, aunque no puedo actuar de otra manera. Lo dejo pasar y él me dice que No en su murmullo particular. Había olvidado esa tonalidad extraña; su voz me provoca un escalofrío de los pies a la cabeza. Bajo yo primero, mi hombre me sigue con la mirada, lo noto. Subo por las escaleras mecánicas, él también pero con retraso, se queda bastante atrás. No puedo retrasar más mi trayecto, lo ofendería. Así pues, me doy la vuelta y por última vez provoco el encuentro de una mirada algo perdida entre unos mechones cobrizos que me parecen preciosos. Un solo ojo azulado basta para captar la tensión  del momento.

– Hasta el año que viene, viejo amigo.

*****

de la sección: Inspirada por el metro

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Esta entrada fue publicada en 30/07/2013 por en Anónimos del metro y etiquetada con , , , , , .

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