ANATOMÍA DE LA INTIMIDAD literatura y espejos rotos

I should like it to resemble some deep old desk, or capacious hold-all, in which one flings a mass of odds and ends without looking them through. (Virginia Woolf) We become ourselves through others, and the self is a porous thing, not a sealed container (Siri Hustvedt) En vez de mirarme en mi espejo quiero que mi espejo se mire en mí (Alejandra Pizarnik)

La generación del jilguero

Esas paredes que exhiben tu foto de comunión, el graduado escolar o el título de mecanografía. Esas mesas vestidas con tapetes, esos ramos de flores de plástico, esa gitana de ganchillo. ¿Recuerdas al jilguero enjaulado que viaja en el coche de este a oeste, de norte a sur? Ese bocadillo de mantequilla y chocolate negro troceado por tu madre con un cuchillo de sierra.
Esa generación de niños que temen al señor que reparte caramelos ante la puerta de la escuela. Un señor desconocido que nadie sabe cuándo vendrá y que una no puede confundir con el exhibicionista de la parada del autobús.
Ese vaso alto de fiesta del que no se puede beber, porque no has visto cómo se ha llenado. No se sabe qué puede contener. Por si acaso, no lo hagas, puede acabar en una violación, en un embarazo de escándalo.
Ese padre que prefiere no volver a casa después de trabajar. O que se concentra en la media hora de la cena para compensar el aburrimiento.
Esas vacaciones en el pueblo: orquesta, piscina, polo y pipas Churruca. Parchís, siesta y vino tinto. Parece que todo funciona, hasta las sábanas se mojan y la abuela se calla.
Esa niña que se hace mujer al sangrar y manchar sus bragas Princesa. La pequeña llora aunque no le duela, su madre se emociona; ese es su gran secreto.
Esa niña que conserva dos cartas de amor, un diario con llave y candado, la hucha de su comunión. Un vestido indio con flecos, un cubo Rubik y unas Victoria de color azul.
Esa madre que llora en otoño mientras prepara una sopa casera; limpia sobre limpio, grita a sus hijos, los azota con la zapatilla y, por la noche, se quita los rulos. Esa madre que cada día espera al “señor de los muertos”, al farmacéutico de la esquina. Esa madre que tiene las manos quemadas de lejía y la vagina fría. Esa madre que grita y sigue gritando y a veces canta entre las láminas de vidrio de la ventana; esa madre jilguero que enloquece y muere cada día mientras él se come su sopa y se calla.

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Esta entrada fue publicada el 01/08/2013 por en Banalidades.

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