ANATOMÍA DE LA INTIMIDAD literatura y espejos rotos

I should like it to resemble some deep old desk, or capacious hold-all, in which one flings a mass of odds and ends without looking them through. (Virginia Woolf) We become ourselves through others, and the self is a porous thing, not a sealed container (Siri Hustvedt) En vez de mirarme en mi espejo quiero que mi espejo se mire en mí (Alejandra Pizarnik)

El trampolín

Sube por la escalera blanca con bastante agilidad. Siempre ha tenido un cuerpo atlético, pequeño, aunque muy bien proporcionado y bastante musculoso para su edad. La verdad es que una vez ahí parece que sea más alta de lo que imaginaba. Sigue subiendo. Ellos ya deben estar sentados al borde de la piscina en el ángulo perfecto para observar la caída. Ahí están los tres, en efecto. ¡Vaya, desde aquí arriba todo se ve distinto!

Empieza a notar un leve cosquilleo a la altura del vientre. Me han dicho que yo tenía que ser el primero de los cuatro y no puedo echarme atrás. La madre se levanta y se sitúa detrás de uno de los muchachos, el del medio. Lleva la cámara colgada al cuello para inmortalizar el momento. El padre ni se inmuta, enterrado en su Mundo Deportivo.

Me giro, así de espaldas parece que la altura no asusta tanto. Escucha silbidos de uno, posiblemente dos de sus “amigos” acompañados de gritos

─ ¡Venga Dani! ¡Uhh uhh uhhhhh!

La tabla azulada está completamente seca, no hay peligro de resbalar. ¡Bueno, eso ya es algo! La repasa con su mirada color miel: es larga, impone. Aunque lo peor es que aquí, justo aquí, ya se acaba la barandilla y el trayecto lo tengo que hacer solo, sin manos.

Desde ahí arriba oye la risa de mamá. Seguro que hasta ella se atrevería. Soy el primero, soy el primero en tirarme. ¡Venga, va! Suelta las manos y se dispone a caminar por el vacío. Solo ve gamas de azules: el azul perfecto del trampolín, el azul más blanquecino del agua de la piscina, el azul acuarela del cielo. ¡Dios mío!

─ ¡Va Dani, que colgamos la foto en el facebook!

A él le dan igual las niñas y los gallitos de su clase, detesta la cámara fotográfica de la madre, su cumpleaños y ese maldito trampolín azul. Oye voces, ¡mierda! Están subiendo más niños por la escalera y el trampolín se mueve y el ruido todavía le pone más nervioso. Ya no puede esperar más. Tiene miedo. No hay vuelta atrás. Sigue caminando por el azul de un aire demasiado cálido, sofocante. Llega al extremo del trampolín, lo recoge con los dedos de los pies, como si fuera un canario que se resiste a abandonar su jaula y abre sus brazos en forma de cruz. Tiene calor, más calor, no puede tirarse. Se ha parado el tiempo. Su cuerpo emite señales que reconoce perfectamente. Se mueve, mira hacia abajo, se mueve, vuelve a mirar y

¡Plof!

─ ¡Ué! ¡Dani, chaval! ¡Cómo mola!
─ Ahora ya no diré que eres un cagao.

Jajaaaaaaaaaa La madre sonríe, está contenta.

─ Cariño, no sé si te he hecho bien la foto, porque esperaba que me avisaras, pero bueno, ahí estás. Se ve que has saltado del trampolín. ¿Te gusta, Daniel? La pondré en el álbum de fotos, porque esta vez sí te hago álbum, ¿eh?

─ ¡Papá!

Se oye desde lo alto del trampolín azul.

─ ¡No me tiro!
─ ¿Por qué hijo? Si tienes miedo baja, da igual.

Daniel mira hacia el trampolín mientras su boca se va abriendo como empujada por el peso de todos los hierros plateados que hay en ella.

─ ¡Porque ese niño de ahí se ha meao en el trampolín y me da un asco…!

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Esta entrada fue publicada en 21/08/2013 por en Banalidades y etiquetada con .

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