ANATOMÍA DE LA INTIMIDAD literatura y espejos rotos

I should like it to resemble some deep old desk, or capacious hold-all, in which one flings a mass of odds and ends without looking them through. (Virginia Woolf) We become ourselves through others, and the self is a porous thing, not a sealed container (Siri Hustvedt) En vez de mirarme en mi espejo quiero que mi espejo se mire en mí (Alejandra Pizarnik)

¿Tú te bajas en Bogatell? y el Ulysses de Joyce

Es la segunda vez que la veo. Es la segunda vez que la chica alta, de tez suave y ojos idos interrumpe mi lectura; hoy, El desguace de la tradición. Es la segunda vez que me pide asiento confesándome con voz trémula que se está mareando. Sé perfectamente que no es verdad, pero accedo a levantarme y a cederle el sitio a la chica de la gabardina color crema. La primera vez me “engañó”; esta ya no. Quien la engaña soy yo. Sí sí, claro, no te preocupes, te creo, te estás mareando, no me acuerdo de ti, dejo que te sientes en mi sitio.

¿Qué se supone que tengo que hacer? Mi sentido común me susurra que la deje sentar y que disimule. Y que también deje ya de leer con tanto empeño las estupendas citas literarias sobre el Ulysses de Joyce. De pie, cuesta mucho leer. Pero, ¿cómo va a ser más importante esa anónima de la gabardina color crema que las reflexiones metaliterarias acerca del Ulysses de James Joyce? ¡Ni se te ocurra dejar de leer! Tal vez, en este momento, lo sea. La vida suele superar a la ficción.

Sigo sosteniendo el manual entre mis manos aunque apenas entienda lo que estoy leyendo. Es como cuando una intenta leer un ensayo a las doce de la noche, tumbada sobre una cama muy blanca y lo suficientemente dura para una espalda castigada. Y así, de vez en cuando, como si estuviera buscando las agujas negras del reloj de mi habitación, levanto la vista y la observo. Es curioso, en su rostro también veo el rostro del tiempo. O, más bien, la atemporalidad. Hay algo en ella que me arrastra hacia un no sé qué universal, hacia un dolor real, compartido, tal vez eterno.

En uno de esos viajes visuales me encuentro con su mirada gris. Sonrojada, me alejo de ella. ¿Qué es ese miedo? Escucho cómo le pregunta a su vecino de asiento si él bajará en Bogatell. ¿Tú te bajas en Bogatell? Él le dice que no, que se baja en Passeig de Gràcia. La pregunta circula en efecto dominó ¿Tú te bajas en Bogatell? ¿Tú te bajas en Bogatell? ¿Tú te bajas en Bogatell? y resulta que no, que nadie se baja en Bogatell (la primera vez que la vi, la pregunta se detuvo en la primera víctima). Los vecinos de banco de la chica se apean todos antes de la parada de Bogatell. Sin embargo, la chica de la gabardina color crema no se deja vencer. Y así, tras unos breves instantes dubitativos (¿el banco de enfrente o la chica que me ha cedido su asiento?), su mirada trepa por mi cara de asombro y me grita desde el extremo:

–          Oye, ¿tú te bajas en Bogatell?

–          No. Me bajo en Ciutadella Vila Olímpica, pero, como es justo la de antes, si quieres, te aviso.

No me contesta. Su vecino me guiña el ojo en señal de complicidad. Debe de estar pensando Ni caso, está loca. Sonrojada, sigo entreleyendo esas estupendas citas sobre el Ulysses de Joyce. ¡Qué envidia que tan grandes escritores opinen y citen al Ulysses como queriendo complementar, continuar el libro para que éste jamás concluya! Que si obra maestra, que si técnicamente perfecta, que si el primer libro moderno, que si es un homenaje a lo cotidiano en clave homérica…  ¿Y esta escena del metro qué? Esta escena sí es cotidiana y digna de ser novelada.

Decido dejar de hacer teatro. Me estoy engañando demasiado. Cierro la biblia-desguace de Javier Aparicio y la introduzco en mi mochila y de paso aprovecho esas dos últimas paradas para examinar mi entorno. ¿Tu entorno? ¡Tu diana, dirás! Porque ella, la chica alta, de tez suave y ojos idos y gabardina de color crema, es tu diana. Cuando la voz aburrida de cada día anuncia Ciutadella Vila Olímpica, la miro por última vez (es hermosa, solo le falla la mirada; le falla todo) y, desde mi esquina, agarrada a la barra de acero como un jilguero, le digo, esbozando una leve sonrisa: Yo ya bajo. La próxima es Bogatell.

¿Me habrá escuchado? No lo sé. La veo perdida, hurgando en los pozos de una nariz húmeda y respingona como si estuviera buscándole el sentido a la vida. ¡Tú sí que estás loca! ¡Qué cosas te pasan por la cabeza! Y así, entre pensamientos y sensaciones ambiguas, justo antes de darle la espalda para girar la palanca de la puerta, la oigo exclamar(me), como quien no quiere la cosa: ¡Gracias! Pero, ¿tú te bajas en Bogatell?

*****
de la sección: Inspirada por el metro

bogatell       Yo –  Ella – Nosotros/Nosotras – Ellos/Ellas     

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Esta entrada fue publicada en 03/03/2014 por en Anónimos del metro, Fragmentos de Intimidad y etiquetada con , , , .

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