ANATOMÍA DE LA INTIMIDAD literatura y espejos rotos

I should like it to resemble some deep old desk, or capacious hold-all, in which one flings a mass of odds and ends without looking them through. (Virginia Woolf) We become ourselves through others, and the self is a porous thing, not a sealed container (Siri Hustvedt) En vez de mirarme en mi espejo quiero que mi espejo se mire en mí (Alejandra Pizarnik)

Geometría variable de sentimientos con una interesante dosis de metaficción

En No te vayas sin mí  Álvaro de la Rica (Madrid, 1965)  retoma la historia del triángulo amoroso Jacob-Claire-Agnes presentada en La tercera persona y la conduce con maestría por un camino imbricado y semiiluminado por sentimientos de culpa, pasión, curiosidad y deseo. Sobre un perfecto y complejo andamiaje estructural y en un estilo fino que a veces roza lo poético sin perder frescura, de la Rica, como si fuera un mago que crea realidades distintas ante espectadores boquiabiertos y sedientos de saber más, sigue jugando a hacer aparecer y desaparecer a esa tercera persona, figura clave para la toma de decisiones y el consiguiente enredo argumental.

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Al interés (o morbo) que despierta el desarrollo de la vida de Jacob y los seres que lo rodean, en No te vayas sin mí se añade lo que considero la “guinda” de la novela (entendida como género de géneros, en el que todo tiene cabida): la entrevista al propio Álvaro, su “autor”, que se intercala con gran acierto entre los sucesos. Se trata de un guiño, un paréntesis, un corte en el ritmo narrativo y, ante todo, una excusa para reflexionar sobre la novela y el proceso creativo convirtiendo a Álvaro de la Rica en un personaje más –tal vez en otra tercera persona− y por ello creando un artefacto literario disfrazado de entrevista dentro de la  ficción más evidente.

Estamos ante un libro completo y complejo a la vez que no nos proporciona una historia clara. En él se entremezclan voces y planos, sucesos y pensamientos, verdades y medias verdades. A medida que el lector va pasando hojas,  se ve a sí mismo caer en la “trampa” de la ficción para recorrer, junto a Jacob y los demás personajes, una “geometría variable de sentimientos”, ecos, silencios, dudas y sombras. Y además, más allá de dejarse envolver por la magia de historias ajenas, se mira repetidas veces en el espejo de su propia vida sin dejar de reflexionar sobre el arte, la literatura y los mecanismos (o trucos) que se ponen en marcha en todo proceso creativo consciente.

 

Por un momento se entretuvo imaginando que a esa hora podía haber estado haciendo el amor en la cama con Claire. Se estremeció recordando los detalles de ese cuerpo amado, lo anheló y lo deseó con profunda intensidad pero no se arrepintió de haber propuesto una tregua o un margen. Las cosas se producirán de forma completamente natural, pensó. El bus avanzaba despacio por Victory Boulevard y Jacob decidió bajarse de una parada cualquiera a la vista de un Starbucks. A pesar de que eran las tres de la madrugada, el local permanecería abierto. Entró y pidió un botellín de agua. Y un café. Se sentó y se bebió de un sorbo el café y lentamente el agua. Solo entonces se dio cuenta de que ese trayecto nocturno, su presencia inesperada en Staten Island, era, en efecto, un viaje a su infancia. Se había criado allí con sus padres en una pequeña casa a pocas manzanas del punto exacto en el que ahora se encontraba. La casa ya no existía, pero Jacob no se podía quitar de la mente la intuición de que esa noche algo luminosamente oscuro estaba aún por llegar.
Decidió desandar sus pasos y retornar a Brooklyn por Forest Avenue, no sin antes recorrer los alrededores de su casa natal. Quizás subiría hasta el parque Levy, en Castleton Avenue. Había jugado allí mil veces primero al escondite y más mayor al baloncesto; lo había recorrido en bicicleta cada tarde después de hacer las tareas. Pero mejor, pensó, no se desviaría tan lejos al oeste. Comenzó a dar unos pasos inciertos hacia un punto indeterminado por unas calles que conocía pero cuyas determinaciones exactas en parte había olvidado. Ya no reconocía las tiendas, ni los portales renovados de los edificios: no le extrañaba el olvido ni ese desencuentro con los signos externos de una actividad en permanente transformación. Reconoció los postes verdosos de electricidad, las farolas encendidas y pintarrajeadas, los árboles todavía sin hojas que en cambio habían estado siempre allí. Poco a poco se fue adentrando en una zona de chalets de una o dos plantas. La mayoría eran de madera y aún guardaban en los jardines  y en las esquinas de las aceras no pocos escombros de la última tormenta que había sacudido con fiereza meses atrás sobre aquella parte de la ciudad. El recuerdo del azote del viento y del agua, de la humedad que se colaba por las rendijas de la pintura desconchada le conectó de inmediato con sus años de infancia. Alrededor todo era desoladamente real y ese gusto de lo real se le fue metiendo por la piel hasta llegar a su alma con una claridad inusitada.

 

Álvaro de la Rica. No te vayas sin mí. Ediciones Alfabia, 2014.

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Esta entrada fue publicada en 17/07/2014 por en Reseñas e impresiones y etiquetada con , , .

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